Aunque tú también hiciste tus travesuras. Un día te escapaste de casa y tuvimos que correr detrás tuya por medio pueblo. En otra ocasión aprovechaste la ausencia de toda la familia para devorar un jamón entero. Y todo ello sin mencionar la costumbre que tenías de volcar todas las macetas del patio. Pero con el tiempo tu comportamiento se volvió dócil y ejemplar. Entendías todas nuestras órdenes y hasta te secabas las patas antes de entrar en casa cuando las traías mojadas. También te alegrabas cuando íbamos a tirar la basura porque eso para ti significaba salir a la calle y dar un paseo. Y es que eras como una persona, capaz incluso de ponerte celosa cuando nos visitaban otros perritos.
Hace un mes nos dijiste adiós. Llevabas un tiempo que ya no eras la misma, los dolores se reflejaban en tu cara aunque tú nunca te quejaras. Aún oigo tu cascabel y miro instintivamente hacia abajo para no pisarte, pero ya no estás. Cuando vuelvo de estar unos días fuera, recuerdo esos recibimientos tan tuyos que se basaban en hacer saltos acrobáticos hasta que el cuerpo te pedía agua. Tampoco olvido lo contenta que te ponías cuando llegaba el repartidor de pizzas e intuías que esa noche alguna porción caería de tu parte. No soy ni mucho menos una persona de lágrima fácil, pero reconozco que a veces, todos estos recuerdos me ponen a prueba.
