
Nos hicieron memorizar sus síntomas. Nos dieron una lista de consejos prácticos para evitar el contagio. Nos mostraron imágenes de personas con mascarillas en la cara y hospitales desbordados. Nos recomendaron no acudir a sitios públicos si teníamos la sospecha de padecer el virus. Nos hablaron de pandemia mundial. Nos prepararon para lo peor. Nos la colaron.
No hace falta ser un fan de las teorías conspiratorias para creer que la Gripe A fue una gran trola. Basta con repasar lo que se decía hace dos años sobre esta enfermedad y sus efectos devastadores y cotejarlo con lo que realmente ha sucedido. Alguien -obviamente no sé quién- se propuso crear una alarma sanitaria en los cinco continentes y vaya si lo consiguió, porque los ciudadanos de a pie nos acojonamos y los gobiernos proteccionistas corrieron a comprar toneladas de Tamiflu, el fármaco mágico que supuestamente nos iba a proteger del mal.
¿Y qué pasó? Nada. Nadie conoce a nadie que muriera por eso y nadie de los que mandan en las altas esferas se ha preocupado en investigar y depurar responsabilidades. Es un caso muy similar al del llamado 'Efecto 2000'. ¿Lo recuerdan? Todos los sistemas informáticos iban a dejar de funcionar el 1 de enero de ese año por culpa de dos miserables dígitos. Y ninguno dejó de funcionar. Eso sí, la industria electrónica se puso las botas vendiéndonos nuevos equipos antes del cataclismo que nunca llegó. Por eso, la pregunta es inevitable. ¿Le vino bien la Gripe A a la industria farmacéutica? La duda ofende.
